Alessia Di Bari

palabrería barata – o no tanto-

Podcast “El Ajo”… ¿El tamaño importa? AbramWed, 20 Apr 2011 08:53:33 +00001092011 20, 2009

Para todos los que no me pudieron escuchar, en vivo, el viernes-… aquí les dejo el link del podcast. Espero lo disfruten muchísimo -tanto o más que yo-.

¿El tamaño importa? Podcast \”El Ajo\” Viernes 15 de abril de 2011

Escúchenlo y si se animan, déjenme saber su opinión…

Anuncios
 

Digna AbrpmFri, 08 Apr 2011 15:24:44 +0000972011 20, 2009

Sentía algo frío recorrer todo su cuerpo, intentaba mover un poco las manos, pero los amarres –a pesar de no estar tan justos- se lo impedían. Se encontraba extendida boca abajo en la cama, una pistola acariciaba sus pantorrillas, iba subiendo por sus muslos, jugueteaba con su falda, hasta llegar a la espalda y de regreso.

Uno de los hombres –el que la excitaba con la pistola- tenía los ojos desorbitados de placer, se decía cosas con los otros dos hombres que estaban en el cuarto; ella no alcanzaba a entender bien a bien lo que decían, pero seguramente –pensaba- tenía que ver con ella. Otro de los hombres, de barba y botas negras con casquillos, se acercó a ella, se abrió el pantalón, se bajó los calzones y se sacó la verga. “Ahora sí vas a saber lo que es bueno mamacita ¡abre la boquita!” –le dijo-. Ella, con los ojos cerrados y sin decir una palabra, abrió la boca y se metió el pedazo de carne palpitante de aquel hombre. “¡Veme a la cara cuando me la mamas!” –gritó el hombre de barba. Ella obedeció.

Mientras, el otro hombre –el de la pistola- seguía en lo suyo… recorría su cuerpo de arriba abajo; una y otra vez como esperando una reacción en particular que no llegaba. “Vamos a ver si ya estás lista perrita”- le dijo-, mientras le abría las piernas e introducía los dedos índice y medio de su mano derecha en el sexo de ella. “Lo estás disfrutando ¿verdad perrita?” –dijo-. Ella, no podía decir nada, sólo lloraba en silencio; el único indicio: las lágrimas que escurrían de sus ojos a borbotones.

Sus dedos eran callosos, ásperos, fuertes y torpes al momento de tocarla; podía sentir la desesperación de él, intentando hacerla suya. La penetró con los dedos, ella sólo alcanzó a dejar salir un gemidito. “Estás bien estrechita mi reina, pero ya sé cómo te voy a arreglar” –le dijo- mientras tomaba la pistola con la otra mano, pero no hizo nada diferente a lo que había venido haciendo.

“Ya cabrón, préstame su boquita, se ve que la mama bien rico” –le dijo a su compañero-. El hombre de barba sacó el miembro de la boca de ella, le azotó la verga algunas veces en la cara y le cedió el lugar al hombre de la pistola; este último no tardó en bajarse los pantalones, sacársela y ponérsela enfrente. “Ay, los huevos también putita, chúpamelo todo” – le decía- mientras la agarraba de la cabeza y le dirigía el movimiento hacia donde él quería.

Ella tenía el cuerpo rígido –como los muertos a las pocas horas de haber fallecido-, prácticamente no se movía, a menos que se lo pidieran; los ojos los mantenía cerrados, excepto cuando le exigían lo contrario.

El hombre de la barba, tomó la pistola, la chupó y la colocó en la entrada de su vagina. “Vamos a ver si es cierto que estás tan estrechita” –le dijo- abriéndose paso con fuerza y burlando al himen. Un hilo de sangre brotó de su interior, dejando –a su paso- una mancha en el calzón de algodón blanco que traía puesto.

A ella, los ojos parecían salírsele de lugar, las lágrimas no paraban, pero los gritos no salían. El hombre de barba la penetraba una y otra vez, “¿No que muy estrechita? Todas las mujeres son domables. Es mejor que lo aprendas desde chiquita” –le decía- mientras la pistola entraba una vez y otra vez en su vagina. Él, con una mano la “domaba” y con la otra se masturbaba.

“Qué rico la chupas mamacita… me vas a dejar peor que limón de pozolero” decía el hombre que –antes- tenía la pistola, mientras eyaculaba en su rostro. Ella sólo apretó los ojos y cerró la boca.

El hombre de barba, hizo lo propio; soltó la pistola, con una mano le apretó una nalga y con la otra direccionó el chorro de semen para que cayera encima de las nalgas de ella. Una vez que exprimió hasta la última gota, con sus manos esparció el semen, jugueteando con las nalgas y muslos de ella.

El tercero en ese cuarto, era yo. Me limité a disfrutar del espectáculo que mis amigos me estaban ofreciendo –fue mi regalo de cumpleaños-. Me gustaba ver, era algo que me excitaba sobre manera; me gustaba ver y masturbarme mientras lo hacía. Me imaginaba formando parte del show, pero –en esa ocasión- no me atreví a participar, me mantuve todo el tiempo de espectador.

Ellos, en cuanto terminaron, se acomodaron el uniforme –tenían turno saliendo de ahí-; yo los vería hasta el día siguiente, era mi día de descanso. Se despidieron de mí deseándome el mejor de los cumpleaños; a ella, le dieron un beso en la mejilla.

En cuanto estuvimos solos me acerqué a ella, le acaricié el cabello, la besé y con todo cuidado, le desamarré los brazos. Ella no hizo nada, me miró como quien mira a través de algo, esbozó una sonrisa y me preguntó si podía ir al baño; no puse mayor objeción. Me despedí de ella, me fui a mi cuarto, estaba cansado y feliz. ¡Qué mejor regalo que ver cómo la hacían mujer!

En la noche, fui a buscarla a su recámara, no la encontré; entré al baño, vi su ropa interior con las manchas de sangre de la mañana en el cesto de basura y en el espejo –escrito con labial rojo- “nunca más”.  Esa fue la última vez que vi a mi hija.

 

 

¡Qué formas! AbrpmTue, 05 Apr 2011 15:44:01 +0000942011 20, 2009

Hoy en la mañana, mientras paseaba alegremente por el centro comercial Reforma 222, rumbo a la taquilla del cine; me disponía a ver –finalmente- “La otra familia”… me pasó algo muy chistoso, algo –que para ser honesta- nunca creí que me fuera a suceder.

En fin, el chiste es que iba subiendo las escaleras eléctricas y vi que un tipo del otro lado de las escaleras –las que vienen de bajada- se me quedó viendo.  En ese momento, fue como si algo se le hubiera prendido  y salió corriendo, bajo en friega las escaleras y comenzó a subir rápidamente las de subida –donde estaba yo-. Me espanté, porque sentí que venía hacia mí; tomé fuertemente mi bolsa y cuando estaba dando el paso hacia piso firme, lo sentí junto a mí.

Me espanté horrible, pegué un grito. El tipo se asustó e intentó decirme algo, pero la verdad no escuché lo que me estaba diciendo; seguí avanzando –toda nerviosa- y él detrás de mí.

El tipo no tenía mucho aliento y cómo no, después de la corretiza que se aventó… finalmente escuché que me decía: “No te voy a hacer daño, no te quiero lastimar”. Yo no terminaba de entender muy bien qué estaba pasando, ya no estaba tan asustada, así que me frené y le dije: “¿Perdón? ¡Me vienes persiguiendo como loco!”; a lo que él contestó: “Es que,  sentí que te me ibas. ¡Sólo quería decirte que estás preciosa! ¿Te puedo invitar un café?

O sea, ¡pensé que me quería asaltar! En una ciudad como esta, no te le puedes acercar así a la gente. Se agradece el detalle y la intención, pero qué mala forma de abordar a alguien. Le di las gracias y decliné la invitación.

Acto seguido, lo subí al twitter y ya más tranquila, me alejé –sonriente- hacia la taquilla del cine y sólo atiné a pensar: “¿Por qué me pasarán estas cosas, justo cuando acabo de conocer a alguien? Misterios de la vida”.